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Las montañas Simien, en casa de los babuinos gelada

Las montañas Simien, en casa de los babuinos gelada

La fatiga se ha adueñado de nosotros. Mientras depositamos la mochila en el suelo y recuperamos el resuello, comprobamos entusiasmados el horizonte. A pesar de la considerable altura, un manto verde domina el paisaje. Acostumbrados a la abruptosidad del Pirineo o de los Alpes, la alta montaña por estos lares es, digamos, más amable. Unas irreconocibles figuras parecen darnos la bienvenida. Intentamos acostumbrar la vista, pero no hay manera. Braham, nuestro guía, ríe sin disimulo. «¿Qué es eso Braham?», balbuceamos en inglés. «Je, je, je», responde, «son babuinos, los dueños de las Simien».

Puede que no vaya tan desencaminado. Las montañas Simien (que en amárico significa «Norte»), Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, con sus 180 kilómetros cuadrados de singular belleza, es territorio de los endémicos babuinos gelada. Para el excursionista, comprobar cómo manadas de hasta 400 individuos de estos monos deambulan a una altura que oscila entre los 2 mil y 4 mil metros, es una emocionante vivencia.


 Conocidos como mono de león, que atañe directamente a su frondosa melena, su presencia es un clásico por estas latitudes. Conviven en el espacio y tiempo con otras sorpresas: la cabra montés de Abisinia (walia), el lobo etíope (menos numeroso) o el antílope saltarrocas. La riqueza de la zona (amén de la proliferación de aves) se completa con una majestuosa flora donde no podemos olvidarnos de la endémica Lobelya rhynchopetalum. Con una profusión de alicientes de tanto calibre, no es de extrañar que la cámara fotográfica funcione sin cesar.

 

El viaje hasta aquí, desde Addis, ha sido largo y tortuoso, pero ha valido la pena. Llevamos una semana embaucándonos en esta cordillera, pero parece que llevamos toda la vida. Nos trasladamos a la magnética Gondar, pudimos «paladear» la idiosincrasia del transporte público entre la famosa ciudad fundada por el emperador Fasilides y Debark, y aquí preparamos con minuciosidad el trekking. Un guía y un mulero, antiguos guerrilleros reconvertidos en guardas del Parque National Simien Mountains, nos conducirán por un camino de insondable magnificiencia, con parada y fonda en los campamentos de Sankaber y Chennek.

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La experiencia nos depara momentos inolvidables, como el recibimiento ofrecido por una perdida aldea. Al descubrir a la pareja de «farangis» (extranjero en amárico) con rostros desencajados por el esfuerzo, no dudan en pedirnos ayuda. Blanco igual a médico, debieron suponer. El caso es que una sencilla (para los ojos occidentales, claro) cura a una pierna malherida nos granjea una amistad incondicional. A la noche,  al calor de un fuego,  una representación de la comunidad nos obsequia, a modo de agradecimiento, un suculento ágape. La velada no puede ser más perfecta. Contemplando la lumbre, apurando la cena, comunicándonos con aspavientos con nuestros nuevos amigos y sabiendo que allí, a corta distancia, alguien mira con sus expresivos ojos, mientras se tienta la piel roja de su pecho. Los robustos observadores parecen que nos han aceptado. Y es una alegría, viniendo de los babuinos gelada, los dueños de las montañas Simien.

 

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