Las montañas de los Dorze

Las montañas de los Dorze

Mekonen parece un buen tipo. Bajo esas rastas interminables más propias de un nativo de Shashemene, habita un hombre de vida alegre y con buen olfalto para los negocios. Su lodge, en el epicentro del poblado de Dorze, constituye una de las opciones para pernoctar en las montañas y parada obligada para conocer algo más de esta etnia. Una atalaya perfecta para avistar el Parque Nacional Nechisar y la ciudad de Arba Minch.

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Mekonen, como siempre, nos espera en una de esas cabañas tan características de la tribu. Construidas con bambú y con forma de panal, no existe nada parecido en los alrededores. Dorze es única, aunque comparte características con las cercana Chencha (a 12 kilómetros) o Ezo (a unos 20 kilómetros).

Para adentrarnos en la historia (y peculiaridades) de los Dorze y sus montañas, Mekonen nos invita a una de sus actividades favoritas: el tej del mercado semanal. Es jueves y campesinos y ganaderos se citan en el día más importante de la semana. Peluqueros ataviados, tan sólo, con una silla y unas rudimentarias tijeras. Pero también vendedores de pieles de vaca, modestos tenderos con productos agrícolas de temporada y unos curiosos carpinteros con muebles que harían las delicias del coleccionista más extravagante. Junto a ellos, varios puestos donde se comercia con los «shama», los tejidos más representativos de los Dorze. Se trata de unas túnicas con dibujos geométricos y colores donde priman el negro y el rojo.

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Pero regresemos con Mekonen a la casa del tej… En su interior, sobrio, los bancales y mesas de madera se apiñan de manera más o menos ordenada. El ambiente, impregnado de humanidad y licor local, deja paso a miradas inquisitivas. Con el paso de las birillas y los cánticos espontáneos, a Mekonen se le suelta la lengua y nos habla de su tierra.

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Dorze, nos cuenta, a unos 2.500 metros de altura, es un paraíso. Tiene algo de las Bale Mountains y de las Simien, aunque con galones propios. Las casas tradicionales, de unos 10 metros cuadrados, son dignas de admirar. Un buen refugio ante las sucesivas lluvias y el frío que se abandonan cada 40 años, tiempo aproximado de uso de estos hábitats. Mekonen, que a cada trago más nos recuerda a Bob Marley, se refiere también a la música polifónica de su tierra. Los cantos de los Dorze suelen ser un regalo para los oídos en las fiestas de la Epifanía o en la fiesta de iniciación de los hombres adultos cuando adquieren la condición de responsables de la comunidad. Según los expertos, y aquí nos fiamos de otras fuentes, los tonos musicales podrían emparentarse con los pueblos pigmeos del África Central o los Koisan del alejado desiertodel KalahariDorze_Ethiopia_etnias_viajes_Endoethiopia_1

A nosotros, en cambio, desde nuestra primera visita a esta puerta a la región del Omo de Ethiopia (y poco visitado por los turistas) lo que nos sigue fascinando son las mujeres. Cargadas con kilos y kilos de leña, recorren distancias inmensas a paso ligero. No resulta complicado encontrarlas, en plena ascensión, en la pista que enlaza Dorze con la carretera entre Sodo y Arba Minch, a orillas del lago Abaya. No dejamos de pensar en esas mochilas naturales soportadas por las espaldas femeninas, mientras a nuestro alrededor continúa la jarana.

«¿Seguís bebiendo?», preguntamos.  «Somos los Dorze, el pueblo de las montañas, ¿recuerdas?», responde Mekonen sin perder el buen humor. Sí señor. Todo un Dorze.

Texto y fotos: RAFA MARTÍN

 

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