Tras las huellas de Pedro Páez

Tras las huellas de Pedro Páez

«Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el Gran Alejandro y el famoso Julio César». Pedro Páez, el jesuita español del siglo XVII, narraba, con estas palabras, su impresión al descubrir las fuentes del Nilo Azul. Una experiencia, perfectamente documentada, que podemos leer en el primero libro de su famosa Historia de Etiopía (por cierto, desde hace unos años, traducida al español).

Paéz, nacido en Olmeda de las Cebollas (ahora, Olmeda de las Fuentes, en la provincia de Madrid) fue algo más que un religioso que extendía la palabra de Dios por Ethiopia. El aventurero políglota fue el primer europeo que llegó a las fuentes del Nilo Azul, 152 años antes que Jame Bruce, un personaje más mediático y al que se le atribuyó el hallazgo durante mucho tiempo.

Adentrarse en  la vida y milagros de Pedro Páez es tan fascinante como un ejercicio de turismo restrospectivo  por Ethiopia. Pero regresemos a principios del siglo XVII; al año 1603….

Pedro Páez, tras varios periplos por el sur del Yemen, alcanza la costa etíope, a través del Mar Rojo, disfrazado de comerciante  armenio. Hábil negociador y de gran capacidad intelectual, pronto se hizo amigo del emperador Susinios, a quien acompañó en vario de sus viajes. En uno de ellos, comprobó en primera persona las fuentes del Nilo Azul. El largo río que nace del lago Tana, en concreto desde unos cincuenta arroyos que se mezclan entre sus aguas. El más grande de todos, Abbay Wenz (o simplemente Abbay) nace en una surgencia de un bosque sobre una pradera de hierba y está considerado el verdadero Nilo Azul. Aquí, en sus proximidades, Pedro Páez levantó un enclave y una iglesia de piedra.

Navegar por el el lago Tana (señorial «mar interior» de 2.156 kilómetros cuadrados), visitar sus monasterios de la mano de alguno de sus guardianes y palpar las cataratas del Nilo Azul (Tis Abay, nombre que significa «agua humeante) es mirar al pasado. Es seguir las huellas de Pedro Páez (que, por cierto, fue el primer europeo que habló del café) y respirar la esencia de un mundo que todavía existe.

Recorrer los múltiples senderos de las cataratas (antaño más generosas) constituye el ejercicio más apropiado para empaparse de la historia más desconocida de Ethiopia. Y aunque la azarosa existencia de Pedro Páez ha sido (por desgracia) un enigma hasta hace pocos años, varios escritores de renombre han ayudado a rescatarla.

Sobresale Javier Reverte y su «Dios, el diablo y la aventura», sin duda una de las aproximaciones al misionero más acertada. Reverte, con esa proximidad que también sabe maridar con datos y experiencias, traza un retrato embriagador. No es el único. Jorge Sánchez y «Mi viaje alrededor de África» o George Bishop y «Viajes y andanzas de Pedro Páez» arrojan también luz al misterioso descubrimiento del Nilo Azul.

En una reciente visita de Endoethiopia por Bahar Dar y sus alrededores, cuando el ocaso se adueña de las almas, pareció dibujarse en el horizonte la figura de un hombre, subido en una de las torres de un bello palacio de piedra.  Alto, fornido y cubierto por una sotana, miraba sin mirar al lago Tana. ¿Sería la reencarnación de Pedro Páez? Volveremos para comprobarlo.

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