Ruta por el río Omo

Ruta por el río Omo

Si tenéis ocasión de visitar Etiopía, sin duda uno de los países más apasionantes del continente africano, os recomiendo disfrutar de una increíble experiencia en el sur del país, en la cuenca del río Omo.

El pasado mes de noviembre y en apenas 15 días, 5 catalanes pudimos disfrutar de este fascinante rincón del continente africano, todavía poco concurrido por turistas.
Partimos de Addis Abeba y tras tres días de camino hacia el sur, pasando por Arba Minch y por Jinka, capital administrativa de la región del Omo, la verdadera aventura comenzaba en Hanna Mursi, una aldea situada a no demasiados kilómetros del río Omo, en plena región de las etnias Mursi y Bodi.

Rio Omo

Nos levantamos en Hanna Mursi con los primeros rayos de luz, y tras desmontar el campamento, los 13 integrantes del grupo (3 conductores, un guarda del Parque Nacional de Mago, los dos barqueros, un cocinero, nuestro guía etíope de habla española y nosotros 5), nos montamos en los 4×4 para adentramos en territorio Mursi dirección al río. Enseguida vimos que la tarea no iba a ser fácil! La lluvia de la noche anterior había dejado los caminos impracticables y sólo gracias a la destreza de los experimentados conductores, conseguimos salvar los 30 km de pistas cubiertas de lodo y llegar, los tres coches con las barcas y el equipaje, a la orilla del Omo. En más de una ocasión, tuvimos que bajar de los coches para desencallarlos del barro, el trabajo en equipo fue fundamental.

Una vez alcanzamos el río, vimos que ya era demasiado tarde para comenzar a navegar, así que decidimos hinchar las barcas y dejarlo todo listo para partir a la mañana siguiente. Después de disfrutar de la fantástica puesta de sol sobre el Omo, sólo quedaba compartir una buena cena para recuperar fuerzas, pensando ya en el primer día de navegación. El primer día en el barco resultó una experiencia fantástica. El paisaje es sorprendentemente verde, pese a la imagen que a menudo tenemos de Etiopía. Las vistas desde el barco, un verdadero privilegio. A medida que nos alejábamos del punto de partida y nos adentramos en territorio Nyangaton, comenzamos a ver actividad en las orillas del río: se trata de grupos de agricultores que aprovechan el bajo nivel del río durante esta época del año para cultivar en los márgenes del Omo.

Hombres, mujeres y niños que realizaban diversas tareas junto al agua (cultivar la tierra, recoger agua para llevar al poblado, lavarse, etc.) nos saludaban amigablemente cuando oían el motor de nuestras barcas.

Verdaderamente, no hay muchos turistas que se adentren en esta zona (a muchas de estas aldeas próximas al río sólo en llega en barca) así que muchos niños, sorprendidos, suelen emocionarse con la llegada de “extraños” visitantes, de piel clara y equipados con chalecos salvavidas y gorros para protegernos del sol (imprescindibles, junto con la crema solar durante los 4 días de navegación).

Ya el primer día, pudimos ver los primeros ejemplares de cocodrilo (habíamos visto unos pocos en el lago Chamo, de camino al sur), presentes a lo largo de toda la ruta. Aprovechan los márgenes para calentar su sangre con los rayos del sol y son fácilmente visibles, aunque nada agresivos y extrañamente peligrosos para los navegantes.

Al mediodía, paramos en una de las orillas para tomar una de las fantásticas comidas a base de pasta  que preparaba el cocinero, figura indispensable para una ruta como esta.

Tras unas 6 horas, finalmente llegamos a la primera parada, donde desembarcamos el equipaje y todavía pudimos adentrarnos un par de kilómetros hacia el interior hasta llegar a un poblado, gracias a los conocimientos y la orientación de nuestro guarda o “Ranger”, otra pieza clave del equipo.

Después de la excursión, disfrutamos de la cena en medio de un paisaje selvático, rodeados de infinidad de sonidos y bajo miles de estrellas.

Fueron muchas las anécdotas durante el viaje, pero una de las más destacadas fue ver, esa misma tarde, a un joven cruzar a nado los 50 o 60 metros de ancho del río, sin miedo a los cocodrilos ni a la corriente, para venir a saludarnos y acompañarnos hasta a su poblado….increíble!

 

El segundo día de navegación nos adentramos en zona Kwego. Tras la parada para comer, nos vimos sorprendidos por una nube de moscas Tsé-Tsé que rodeó la barca durante un buen rato, hasta que conseguimos deshacernos de ellas. Con unas cuantas ramas que cogimos en la orilla y un poco de paciencia, conseguimos disuadir el ataque.

Esta mosca es conocida por transmitir la tripanosomiasis africana o “enfermedad del sueño” pero, en Etiopía, la Glossina, que es el nombre científico de la mosca Tsé-Tsé, no es portadora del parásito que produce la enfermedad. Así que no hay que preocuparse por caer enfermos pero sí es imprescindible protegerse de las picaduras!!

Tras la anécdota de las moscas, justo cuando el sol comenzaba a caer y la luz era perfecta para tomar unas buenas fotos, llegamos a una pequeña playa situada en la orilla, donde parecía haber mucho movimiento. Tras la “negociación” de Kere , el Ranger, con los líderes del poblado, descargamos el equipaje y montamos el campamento.

Como cada tarde, se acercaron decenas de niños al campamento, para ver como montábamos las tiendas, filtrábamos y potabilizábamos el agua, o nos untábamos de repelente de  mosquitos. Aunque no hablábamos la misma lengua, enseguida nos entendíamos mediante risas y miradas. Sin duda el contacto con la gente local es una de las experiencias más enriquecedoras del viaje.

Ese día, después de cenar, tuvimos ocasión de ver unas danzas tradicionales en el poblado más cercano, unos cientos de metro alejado de la orilla del río.
El tercer día, pasado el ecuador de la ruta en barca, nos adentramos en territorio Karo. A lo largo del día pudimos ver y fotografiar unos cuantos monos, de nuevo cocodrilos e infinidad de aves. Para los amantes de la naturaleza y los animales, realmente este es un viaje muy recomendable!

Por la noche, acampamos muy cerca de un poblado Karo  y volvimos a repetir una de esas escenas difíciles de reproducir, compartiendo cena con los miembros del poblado (hombres, mujeres y niños), encantados con nuestra visita y mostrando una enorme hospitalidad y complicidad, pese a la dificultad para comunicarnos con ellos.
Finalmente, llegó el cuarto día de travesía y tras las últimas 4 horas en las barcas, llegamos a Kangate, destino final de nuestra aventura de 4 intensas jornadas y casi100 km de navegación por el río Omo. Una vez allí, nos reencontramos con los tres conductores, que habían desecho parte el camino de aproximación al río hasta encontrar la pista principal y conducir, dirección sur, hasta llegar a Kangate.

Tras el efusivo reencuentro con los demás integrantes del grupo y después de recoger las barcas y cargar todo el equipaje en los vehículos, comenzamos el camino hacia Turmi, donde nos esperaba la siguiente etapa del viaje, ya en la región habitada por la etnia Hamer.
Y la ruta no terminó en Turmi, sino que aún quedaba todo el camino, dirección norte, dirección a Addis. Todavía nos esperaban fantásticas zonas por descubrir, como las plantaciones de café de la región Sidamo o las increíbles Bale Mountains.
En resumen, pese a las incomodidades que a menudo presenta una ruta tan alternativa como esta, las experiencias vividas, los increíbles paisajes, la magnífica relación con los guías, los barqueros y los demás integrantes del equipo y, sobretodo, el contacto con las etnias locales, compensaron sobradamente las dificultades vividas. La ruta nos dejó un muy buen sabor de boca y enormes ganas de repetir!!

Texto: CARLES IBÁÑEZ/ Fotos: TONI ESPADAS

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