Las minas de oro de Benishangul

Las minas de oro de Benishangul

La visión no podía ser más claustrofóbica. Un largo túnel se pierde en las entrañas de la tierra. De repente, como por arte de magia, asoma un menudo hombre con síntomas de agotamiento. El rostro, embadurnado de tierra, nos regala una sonrisa. Una más. Quién lo diría, murmuramos en silencio, de una persona cuya vida transcurre buceando en la oscuridad, a la caza y captura del preciado metal. Así es la vida en las minas de oro de Benishangul.

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Nada hace sospechar que estamos en el siglo XXI, a pocos kilómetros de la frontera con Sudán, y no en un paraje bíblico. El encuentro de Endoethiopia con el minero de la risa perenne ha sido casual, pero no nuestro empecinamiento por conocer de primera mano una actividad, la extracción de oro, que lleva siglos practicándose en condiciones similares. Los yacimientos en este territorio al suroeste del Nilo Azul y norte de Gambela, se remontan, como mínimo, desde la época de los reinos sudaneses de Napata y Meroe y el etíope de Axum, durante el primer milenio a.C. No nos extrañaría, por tanto, que el amigo de la cara tintada de sudor y fango, fuera un lejano descendiente de estos buscadores de oro.

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Mientras seguimos elucubrando sobre los orígenes de esta forma de vida, el tipo ha vuelto a desaparecer de vista. Su familia al completo, que participa de una manera u otra en la operación, nos indica con exagerados gestos el destino del progenitor. No hay duda,  ha vuelto al tajo. El grupo, con sus respectiva madre e hijos de edades dispares, pertenecen  a la etnia Berta .Son agricultores sedentarios y excelentes artesanos de la cerámica, pero  muchos, al menos aquí  (a unos setenta kilómetros de la capital Asosa),  se ganan el sustento en estas minas que parecen madrigueras.

El espectáculo, a partir de aquí, nos marcaría para siempre.  En estas pozas verticales, de un metro de diámetro,  la actividad es frenética. Los mineros, con una linterna asida a la frente a modo de frontal, descienden a ellas, ayudándose de unos escalones tallados de forma artesanal. Una vez en el fondo, se pierden por alguna de las galerías, arrastrando un rudimentario capazo. Extraen un pedazo de tierra y lo transportan hasta la superficie. Allí, el resto del clan desmenuza  el tesoro, con la esperanza de atinar con uno (o varios) gramos de oro que posteriormente venderán en el mercado de Menge, a unos quince kilómetros de donde nos encontramos.

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Como se puede imaginar, el aire viciado a bajos metros bajo la superficie constituye uno de los principales riesgos (que no el único) de este trabajo. Por ese motivo, estos mineros del siglo XXI, y técnicas ancestrales, han ideado una manera ingeniosa (y barata) de insuflar aire. Con varias bolsas de plástico, unidas entre sí, consiguen bombear aire y reducir el hidrógeno de carbono de las profundidades, al tiempo que aportan un halo de vida a los esforzados valientes.

Cuando al día siguiente,  en una modesta parada del mercado de Menge, vemos  a la misma familia vendiendo algún gramo de oro por un puñado de birrs, no podemos dejar de rememorar las imágenes de la jornada anterior. Al reconocernos, agitan las manos a modo de saludo y vuelven a sonreír como sólo ellos saben. Claro, pensamos, son los mineros de Benishangul
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