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Harar, más allá de Burton y el Hombre de las Hienas

Harar, más allá de Burton y el Hombre de las Hienas

El vello de la piel se eriza. Las sombras cubren las murallas y los sentidos se agudizan. Un ruidito asoma entre las tinieblas. Detrás, el bicho. Como un perro moteado, la hiena entra en escena y clava la mirada al otro escuálido protagonista de la misma. El hombre se escuda en la confianza de la experiencia pero, sobre todo, en un suculento pedazo de carne al que no pierde de vista el animal. Ante la estupefacción general, la hiena se apodera del trofeo con su poderosa dentadura y se retira nuevamente a la oscuridad, regalando una maléfica sonrisa. El espeluznante espectáculo se repite una noche sí y otra también en Harar, la magnética ciudad musulmana del este de Ethiopia.  El Hombre de las Hienas es su versión más mediática, pero no la única.

Harar es de aquellos parajes que bien valen un viaje. Considerada para buena parte de los musulmanes como la cuarta ciudad más santa del mundo por detrás de La Meca, Medina y Jerusalem, su visita suele estar mancillada por algunos tópicos. Cierto es que la exhibición de la hiena, el literario pasado de Rimbaud o las peripecias del explorador Burton embriagan al visitante. Pero el aroma, el paso del tiempo y las esencias que desprenden Harar contribuyen,  además, a viajar en el pasado.Harar_Harari_Etiopia_web

 

La denominada Tombuctú del este, con sus 99 mezquitas, su irregular muralla, sus empedradas y tortuosas callejuelas,  sus escuelas coránicas y sus legendarias puertas de entrada constituyen un fabuloso paisaje onírico, único en Ethiopia. Sus paredes huelen a qat, la hierba del paraiso, y sus casi 150 mil habitantes parecen guardianes de un pasado tan glorioso como etéreo. No les falta razón. Harar, con sus cinco puertas legendarias, llegó a ser punto neurálgico del comercio de la región durante más de tres siglos. Entre sus ahora desgastados muros circulaban mercaderes de orígenes diversos en dirección a puertos tan emblemáticos como Zeila o Berbera,  en la actual Somalia.

 

 

Desconocidos para el ignoto mundo occidental,  Richard Francis Burton, perfectamente caracterizado como mercader árabe, penetra por primera vez en 1856. Era el primer occidental que lo hacía. Le seguirían otros ilustres valientes, como Alfred Bardley o el gran (y maldito) poeta frances, Arthur Rimbaud. Primero como ayudante del anterior y, posteriormente, como parte del embrujo de la ciudad. Hoy en día, Harar es cosmopolita, pero que no reniega de su turbulento pasado. Ejemplo del glorificado imperio árabe, sabe recibir al visitante con el ritmo pausado que marca el mascado de qat,  escondiendo entre los recovecos de sus esquinas fabulosas historias. Cuenta la leyenda, por ejemplo, que antiguamente hienas y leones pululaban a sus anchas por las calles de Harar, devorando al primer desprevenido que anduviese por allí. La población,  atemorizada, decidió dar de comer a las bestias, con la finalidad de evitar,  en especial, la desaparición de niños y bebés. La fórmula funcionó y ahora es una atracción turística de primer orden. Aunque claro, no olvidemos que esto es Harar con uno de los múltiples relatos que le acompaña  y, por tanto, nada es lo que parece…

 

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